Mis relatos... para ver si los lee algún editor y me ficha

| 8 ago 2011
probando

| 30 mar 2011

Las Siete Puertas. Capitulo 1

| 13 sept 2006

Desde aquel poblacho en las llanuras de Oregon, del que Charlie había olvidado tan rápido su nombre como lo había aprendido, hasta Reno había siete largos días de camino. Y pasar una semana entera con aquella mosca cojonera y calva que solo se callaba cuando estaba inconsciente no era algo que apeteciera especialmente a Charlie. Tampoco podía matarlo porque iba en contra de su código de trabajo: Si lo capturo muerto, lo entrego muerto. Si lo capturo vivo, lo entrego vivo. Así que la única solución era llegar lo antes posible al destino y desembarazarse de aquel incordio y para ello la única solución era adentrarse en El Bosque.

Charlie era un tipo curtido y curado de espanto y no creía en las historias de fantasmas y demonios que las viejas y los indios borrachos contaban de aquel bosque que separaba Oregon de su natal California pero aquel bosque nunca le había dado buena espina y solo lo cruzaba en caso de necesidad. Ahorrarse dos días de la compañía de Johnny El Melenas era uno de esos casos de necesidad.

Entraron en el bosque a eso del mediodía y al caer la tarde, con la ventisca nevada convertida en una suave brisa fría, Charlie decidió que era el momento de acampar y comer un poco. Descargo de los cuartos traseros de su caballo a El Melenas depositándolo a los pies de un roñoso árbol, sacó los enseres de cocina, encendió un pequeño fuego y se dispuso a hacerse un buen guiso de carne de cordero y alubias.

Charlie disfrutó ampliamente de su estofado de cordero y aun más de las quejas de El Melenas, que proclamaba estar al borde de la inanición. Finalmente, antes de encenderse un nuevo cigarro, Charlie decidió darle algo de comer a aquel incordio de tío. Se acercó al árbol donde se encontraba El Melenas y dejó a su lado un paño con un trozo duro de pan, dos mohosas lonchas de queso y el culo de un vaso de un agua que no tenía muy buen color.

- No creerás que podré comer con las manos en la espalda, ¿no, vaquero? – comentó jocoso El Melenas.

Charlie, de mala gana, le quitó las esposas y se las volvió a colocar esta vez con las manos por delante del cuerpo. Fue un gran error que, seguramente, no habría cometido si hubiera conocido bien la historia de Johnny Keys. Aunque eso era algo casi imposible ya que solo el propio Melenas la conocía.

Johnny Keys no era el verdadero nombre del criminal conocido como El Melenas sino Jeremiah McGowan y era, como tal nombre y tal apellido denotaban, escocés de nacimiento. Concretamente era de los Highlands escoceses, de una pequeña aldea cercana a Inverness. En aquella época, aquella zona era tremendamente religiosa y supersticiosa y el nacimiento de un niño con una ausencia total de vello en su cabeza y cuerpo no podía ser tomado de otra manera que como un signo de mal agüero, del advenimiento de grandes males. No es de extrañar que sus padres buscaran la manera de deshacerse del pequeño Jeremiah y que cuando no tenía ni cuatro años fuera entregado a un circo ambulante que pasaba por Inverness.

Con ese circo recorrió Escocia y buena parte de Inglaterra durante más de diez años siendo una de las principales atracciones del mismo junto con una mujer barbuda, dos siamesas chinas, un hombre cubierto de escamas y una familia cuyos miembros (padre, madre y cuatro churumbeles) eran de color azul. Jeremiah siempre consideró esto como humillante y cualquier psicólogo achacaría su posterior conducta criminal a haber tenido que desnudarse en público para ser objeto de mofa tres veces a la semana durante más de diez años. Sin embargo, no todo fue malo durante su periplo circense: en ese mismo circo trabajaba Benoit Lacosteau, ilustre mago e ilusionista francés que fue uno de los grandes precursores del arte del escapismo. El prestidigitador se encariñó pronto con el pequeño imberbe y le fue poco a poco enseñando gran parte de sus trucos hasta que un lamentable incidente en un número acuático significó la muerte de Lacosteau y la quiebra y cierre del circo. Jeremiah, con solo 15 años, hizo lo único que se podía hacer en aquellos momentos en la terriblemente empobrecida Escocia: emigrar a América. Tenía intención de convertirse en mago pero terminó convertido en el terrible criminal Johnny Keys, alias El Melenas.

De eso hacía ya mucho tiempo pero Johnny aún conservaba ciertos trucos aprendidos en aquella época ya que pensaba que le podían servir para solventar algunos problemas relacionados con su peligrosa actividad. Y con uno de esos trucos pensaba quitarle a aquel vaquero ajado de Charlie Muddle la satisfacción de ganar cinco mil dólares a su costa: una pequeña cavidad excavada con el esfuerzo de años en la pared derecha de su boca en la que, como si de una pequeña bolsa se tratara, guardar pequeños artilugios como llaves o ganzúas. En una de las ocasiones en las que se llevaba el incomible mendrugo de pan a la boca sacó una ganzúa de la bolsa de carne y con precisión y sigilo absolutos se liberó de las esposas de las manos en escasos segundos.

La soga que llevaba atada a los pies tampoco iba a suponer un problema mayor ya que Muddle había cometido un error de principiante: se la había atado alrededor de las botas en vez de hacerlo un poco más arriba. Mientras Charlie fumaba tranquilamente con el ala del sombrero ocultándole buena parte de la visión, El Melenas deslizó los pies fuera de sus botas dos números más grandes (otro de los trucos aprendidos en sus años mozos). Cuando Charlie alzó la cabeza movido por el ruido de movimiento cerca de él, el vaso de metal que había llenado de agua se le estrelló en medio de la frente. El Melenas aprovechó el momento de vacilación de Charlie para huir como un rayo sobre la embarrada nieve bosque adentro.

El asombro y la vacilación de Charlie se convirtieron en furia asesina y, sin preocuparse de la herida sangrante de su frente, salió disparado tras su presa con los Colts desenfundados. El Melenas era más joven y más atlético que Charlie y no conseguía recortarle la distancia. Además, los árboles impedían que fuera un blanco fácil. De todas formas Charlie no se desesperaba porque El Melenas iba justamente a donde el quería: hacia el claro central del bosque. Allí se convertiría en un blanco fácil. Voy a disfrutar pegándote dos tiros, cabrón.

Cuando El Melenas llegó al claro del bosque se escuchó un potente disparo y el fugitivo cayó al suelo desplomado. Sin embargo el disparo no lo había hecho Charlie sino que procedía del otro extremo del claro.

- Vernon Holliday – masculló entre dientes Charlie mientras entraba al claro y llegaba al lado del cuerpo de El Melenas para comprobar que el disparo le había atravesado el pecho. Estaba muerto.

Vernon Holliday se encontraba al otro lado del claro junto a su caballo zahino y empuñando un rifle Winchester cuyo cañón todavía humeante apuntaba despreocupadamente a Charlie. Debía de andar sobre los cuarenta años, era bastante alto aunque no tanto como Charlie, vestía un traje de franela negro, chaleco, camisa blanca y pajarita. Llevaba unos botines negros cubiertos de nieve embarrada y un sucio bombín ocultaba gran parte de su rizada cabellera rubia. Tenía un hoyuelo en la barbilla, una cicatriz en la mejilla izquierda y su único ojo, el izquierdo, era de color verde. Cubriéndole el otro ojo llevaba un parche hecho con piel de serpiente. Sin duda, su apariencia resultaba fuera de lugar en aquel lugar y en aquella situación.

- Me alegro de verte Charlie Muddle, hace ya mucho tiempo – dijo, con cierta sorna y voz de bebedor habitual, Holliday – Cinco años, ¿no?

Charlie pasó del saludo y de la pregunta de Holliday y se limitó a decir:

- Es mi presa, Holliday.

- ¿Tú presa? – Holliday fingía sorpresa – Yo no se nada de eso. Vi a este tipo corriendo como un poseso, reconocí en el a un peligroso delincuente, temí por mi propia vida y decidí que pegarle un tiro era lo mejor. Tú no estabas por ninguna parte así que creo que es mi presa, ¿no te parece?

Los métodos de Vernon Holliday eran bien conocidos en todo el gremio de los cazarrecompensas. Era la oveja negra de la profesión, un buitre carroñero que se aprovechaba del trabajo de los demás y se terminaba cobrando la presa sin dar un palo al agua. Charlie le tenía ganas y en la primera ocasión que se le presentara tenía la intención de pegarle dos tiros y librar al mundo de semejante canalla.

- No me toques los cojones, Holliday, o te tendrás que atener a las consecuencias – Charlie acompaño la amenaza con un viscoso gargajo.

- ¿Si? ¿De verdad? ¿Y cuáles son esas conse….

Una expresión de sorpresa se apoderó de la cara de Holliday mientras dejaba la frase a medias.

- Es imposible, estoy seguro de que lo he matado, seguro – murmuró casi para si mismo Holliday.

Charlie no se podía creer que Holliday recurriera a un truco tan infantil y sonrió socarronamente mientras decía:

- ¿Y ahora que tengo que hacer, Holliday? ¿Darme la vuelta para que me puedas dar un tiro en la espalda? Te creía más listo, con mejores trucos. Con artimañas tan lamentables como esta no me explico que has llegado a viejo en esta profesión.

Holliday no respondió sino que empezó a retroceder con una expresión que más que sorprendida empezaba a ser de miedo. La sonrisa también se borró de la boca de Charlie: un extraño gruñido sonaba a sus espaldas y era acompañado por un sonido como de arrastrar pesadamente unos pies sobre la nieve.

Charlie se dio la vuelta justo cuando El Melenas se encontraba a escasos dos metros de él. Sin pensárselo dos veces, disparó dos veces sobre el ya perforado pecho de El Melenas, que volvió a caer al suelo. Sin embargo no estaba muerto sino que seguía gruñendo y una viscosa baba le caía de la boca mientras se intentaba levantar de manera torpe.

Charlie retrocedió hasta la posición de Holliday, a unos seis metros de El Melenas. Cuando este estuvo de nuevo de pie, el Winchester y los dos Colts volvieron a disparar sobre él. Esta vez, en cambio, ni siquiera cayó al suelo: se tambaleó durante unos momentos y volvió a ponerse en marcha torpemente hacia los dos pistoleros. Charlie volvió a disparar, esta vez apuntando a la cabeza, y cuando la bala llegó a su destino la cabeza de El Melenas explotó, dejando buena parte del claro, incluidos Charlie y Holliday, cubiertos de sangre y masa cerebral. Mientras, el cuerpo descabezado anduvo como loco durante unos segundos para finalmente desplomarse inerte.

Durante casi un minuto permanecieron inmóviles y en silencio. Holliday fue el primero en hablar, casi para si mismo más que para Charlie:

- Un disparo de Colt no destroza cabezas de esa manera. No es normal, no es normal.

- No. – le replicó Charlie – Ni tampoco es normal que un muerto se levante. Nada en los últimos minutos ha sido nada normal.

Charlie empezó a andar alrededor del claro mientras rebuscaba en el fondo de su mente alguna explicación lógica para lo que acababa de ocurrir. Se negaba a creer que los cuentos de las viejas fueran verdad. Era absolutamente imposible. Cuando llegó al centro del claro, al lugar donde El Melenas había caído muerto por primera por primera vez, le llamó la atención una piedra grande y aplanada en cuya superficie, debajo de la sangre derramada por El Melenas, destacaba un extraño símbolo: siete anillos concéntricos empotrados unos dentro de otros. La hendidura de los anillos era apenas superficial salvo la del quinto anillo, que era mucho más profunda y brillaba de una manera extraña.

- Yo me voy de aquí, puedes quedarte con la presa. – comentó Holliday mientras cogía los estribos de su caballo y se disponía a salir del claro y adentrarse en El Bosque – Este sitio me da mala espina.

Charlie dejó durante un instante de mirar la extraña piedra para dirigir la vista hacia Holliday. Algo fuera de lugar llamó su atención y con la velocidad de un rayo disparó su Colt, arrancándole dos dedos a una mano putrefacta que estaba surgiendo de la tierra a escasos metros de donde estaba Holliday.

- Serás cabr… - Holliday se había dado la vuelta y blandía su Winchester dispuesto a volarle la cabeza a Charlie cuando se fijó en lo que había junto a sus pies - ¿Pero esto qué coño es?

- Calla – le espetó Charlie a la vez que se agachaba y pegaba la oreja derecha al suelo. No le cabía duda, alguien o algo arañaba el suelo tratando de salir a la superficie. Se levantó como un resorte y colocó los Colts en posición. – Están tratando de salir.

Esta última afirmación se vio acompañada de la aparición en la superficie de varias manos y brazos y alguna que otra putrefacta cabeza. Holliday, empuñando el Winchester en una mano y un pequeño revolver en la otra, se colocó junto a Charlie, espalda contra espalda.

- ¿Cómo vas de munición, Muddle? – preguntó inquieto Holliday.

- Solo la que tengo en el cinturón, ¿y tú?

- Igual de escaso. Vamos a tener que economizar si queremos salir de esta.

- Si. – afirmó Charlie – Será mejor que apuntemos a las cabezas.

Pero Charlie sabía que no iban a ser capaces de salir vivos de aquella situación. Los muertos estaban despertando y en aquel sitio había muchísimos: aquel bosque había sido durante siglos un cementerio Sioux y el propio Charlie se había encargado de enterrar a multitud de unionistas durante la Guerra en aquel lugar. No pudo sino sentir un escalofrío al reconocer el uniforme unionista en varios de los putrefactos cadáveres que estaban floreciendo de la tierra. Charlie contaba cinco a punto de terminar de liberarse y unos veinte o más manos escarbando, había llegado el momento de luchar por la vida aunque no quedara ninguna esperanza. El Colt que sostenía con la derecha fue el primero en abrir fuego.

El anochecer invernal sobre aquel bosque de Oregon se llenó de disparos. Cuando la noche ya era cerrada, los disparos se silenciaron definitivamente y su lugar lo ocuparon unos aterradores y hambrientos gruñidos.

Pd: ¿que tal el cambio de tercio?

Pd2: dentro de poco el capítulo 2.

Las Siete Puertas. Capitulo 0

| 20 ago 2006
Se notaba que era un tipo duro. Llevaba un viejo y raído sombrero de ala ancha que le tapaba la mayor parte de la cara dejando ver solamente la sombra de dos ojos azules, una desaliñada barba de varios días y unos finos aunque ajados labios de cuya comisura izquierda pendía un apagado cigarro. El cuerpo se lo cubría un mugroso poncho que le llegaba hasta los muslos y que alguna vez había sido de vivos colores pero ahora era entero de un color marrón mierda. A cada lado de la cintura, depositadas en sus fundas pero siempre listas para disparar, había dos pistolas, dos revolveres Colt, que el poncho evitaba fueran vistas por ojos no deseados. Los pantalones eran de pana oscura y espesa para que protegieran bien del frío aunque los múltiples agujeros que tenían evitaban que cumplieran correctamente con su cometido. Solo las botas, que, aunque llenas de barro, no podían ocultar que eran de piel auténtica de cocodrilo y con el talón y la punta de acero, resultaban extrañas en su retrato de buscavidas pendenciero. Quizás las había robado o quizás las había ganado en una mano de poker. Eso es lo que hacían los tipos duros y aquel forastero lo era.

Permaneció inmóvil durante unos momentos junto al caballo que acababa de amarrar al lado del abrevadero, mirando fijamente al Saloon al otro lado de la calle. Salió del trance en el que parecía encontrarse para sacar, con su mano derecha, una cerilla de debajo del poncho y encenderla en el ala del sombrero. Haciendo de cortina con las dos manos para evitar que la llama se apagara con una ráfaga del frío viento de Oregon, le dio lumbre al moribundo cigarro de su boca e inhaló una gran bocanada de negro y caliente humo.

Con dos movimientos de muñeca apagó la llama de la cerilla y con un pellizco la mandó lejos. Sin sacarse el cigarro de la boca, como hacen los tipos duros, escupió una oscura masa viscosa y se puso a andar en dirección al Saloon. Las marcas del acero de las puntas y talones de sus botas se quedaban grabadas profundamente en la sucia y embarrada nieve mientras avanzaba con paso firme.

Aquel Saloon no se diferenciaba en mucho de los de los demás pueblos del Oeste. Tenía una puerta de esas típicas de tablones que se bambolean estrambóticamente cuando son abiertas y unas grandes cristaleras a través de los cuales se veía toda la Calle Principal del pueblo. A la izquierda de la puerta se encontraba la barra, en frente de la misma estaban las escaleras para subir al piso de arriba y a la derecha, varias mesas. Detrás de la barra estaba el aburrido barman. De la docena de mesas solo dos estaban ocupadas: en una de ellas cuatro tipos aburridos jugaban una partida de poker acompañados de una botella de whisky malo y una montaña de puros; en la otra, dos viejos verdes invitaban a copas a dos chicas vestidas de cabareteras y de risa estridente. Al fondo, sobre el pequeño escenario, un achaparrado señor mayor tocaba con desgana un órgano que, al igual que el, había vivido tiempos mejores. Dentro del local hacía mucho menos frío que en la calle pero el humo de los puros de los jugadores y de los cigarrillos de las señoritas hacían que el ambiente no fuera agradable sino cargado y maloliente.

Cuando el tipo duro entró en local fue como si entrara la misma muerte, todo quedó en el más absoluto silencio y todos se volvieron hacia el de manera inquisitiva. El tipo duro ni se inmutó, lanzó un nuevo gargajo al suelo y se dirigió a la barra. El Saloon recuperó su ritmo habitual.

El barman, un tipo pequeño, regordete, calvo, de manos fofas, bigotito ridículo y clara tendencia a sudar desproporcionadamente, dejó la hoja de periódico que estaba intentando leer y se acercó al tipo duro.

- ¿Qué vas a tomar, forastero?
- Un whisky… y que sea del mejor que tengas.

Esta última parte de la frase la acompañó depositando sobre la barra una reluciente moneda de un dólar. El camarero soltó la botella que había cogido y cogió la que había al lado. Le sirvió el trago con mano temblorosa y con avidez recogió el dólar y se lo metió en el bolsillo de su manchado delantal. El forastero se sacó por primera vez el cigarro de la boca con la mano derecha y con la misma mano cogió el vaso y se bebió todo su contenido de un trago y sin vacilar. Como hacen los tipos duros.

A ese trago le siguieron otros dos, que fueron ejecutados de la misma mecánica manera. El forastero volvió a meter la mano debajo de su poncho y sacó otra moneda de dólar. El barman se acercó para rellenar el vaso pero, la callosa mano del forastero tapándolo, se lo impidió.

- Primero quiero que me respondas a una pregunta.

El barman empezó a sudar como un cerdo pero con voz temblorosa consiguió decir:

- Dispara, forastero.
- ¿Dónde está Johnny “El Melenas”?

El sudor del barman se convirtió en una catarata que amenazaba con ahogarlo. El forastero se percató de que el silencio había vuelto a apoderarse del local y de que el nervioso movimiento de la ceja derecha del barman no era un tic sino una llamada de auxilio.

El tipo duro se giró sobre si mismo a una velocidad asombrosa y con los Colts a la altura de las caderas, como los tipos duros, disparó cuatro veces. Los cuatro tipos que estaban jugando a las cartas y que se habían levantado con sus armas listas para disparar, cayeron muertos sobre sus asientos destrozándolos. Los dos abuelos, las dos meretrices y el organista levantaron las manos en gesto de rendición y, con un gesto de la pistola de su mano derecha, todavía colocada a la altura de sus caderas, el forastero les invitó a marcharse del local.

El barman tenía toda la intención de marcharse junto con los demás pero el forastero tenía otros planes. Se volvió a girar hacia la barra y alzando una de sus pistolas se la colocó al barman en la frente. Al tipo le caían cascadas de sudor de la calva y tenía la camisa pegada al cuerpo como si se hubiera caído en la bañera.

- Todavía no has contestado a mi pegunta, gordo seboso.
- Está aaaaarriiiiba… en la seeeeeguundaaa habitaaaación a la deeeerecha. No me mates, ¡por favor!
-
El tipo duro quitó el cañón de su Colt de la frente sudorosa del barman y la sacudió para quitarle la humedad.

- No te voy a matar, pero tampoco te voy a pagar. Me has hecho gastar cuatro balas por no contestarme a la primera, a eso lo llamo yo un pésimo servicio.

Devolvió la pistola de su mano derecha a su funda, recogió la moneda de dólar de encima de la barra y con toda la parsimonia del mundo, saboreando los últimos coletazos de vida de su cigarro, empezó a subir las escaleras. El barman salió disparado hacia la calle, donde los vientos de Oregon traían ahora nieve mañanera.


El tipo duro se llamaba Charlie Muddle. Debía de tener entre 35 y 40 años. Hacía muchos años había sido un pacífico granjero de los valles de California hasta que unos criminales quemaron su casa y mataron a su mujer y a su hijo. Una vez consumada su venganza sobre los criminales que le arruinaron la vida decidió dedicar el resto de su vida a atrapar criminales, se convirtió en cazarrecompensas, el mejor de los cazarrecompensas. Tenía curtidas las manos, la cara y el alma.

Por Johnny Keys, conocido (irónicamente, ya que sobre su cabeza y cuerpo no había un solo pelo) como “El Melenas”, ofrecían, vivo o muerto, en Reno mil dólares. Un cuantioso botín que Charlie pensaba cobrar hasta el último centavo pero que no era lo que realmente lo movía sino la posibilidad de retirar de circulación a un peligroso asesino que había sembrado el terror durante años por los estados de Nevada y Oregon y que no dudaba en ajusticiar a niños, mujeres y ancianos. Charlie Muddle deseó mientras subía las escaleras y se acercaba a la habitación donde descansaba “El Melenas” que el muy cabrón opusiera resistencia y así poder matarlo, nada le haría más feliz.

Johnny Keys había pasado toda la noche bebiendo y se acababa de levantar con una resaca enorme que intentaba calmar con paños de agua caliente sobre la cabeza. Había escuchado el tiroteo pero como pensaba que sus hombres eran los mejores pistoleros del estado pensó que si había habido algún problema ya lo habrían resuelto sin problemas. Cuando la puerta de su habitación se salió de sus goznes y aterrizó junto a el, la sorpresa casi le causa un infarto.

Charlie Muddle sostenía en su mano derecha y a la altura de la cadera un revolver Colt de gran potencia y una mostraba una sonrisa torcida en los labios. Dio unos pasos y entró en la habitación. Una cabaretera histérica y desnuda no había parado de gritar desde que la tremenda patada de Charlie había destrozado la puerta. Con un gesto de la pistola le indicó que se marchara de aquel lugar. La chica obedeció sin preocuparse ni siquiera de cubrirse.

- Tienes dos opciones, Melenas, puedes rendirte o puedes intentar huir. – comentó jocoso Charlie – A mí me da igual, me van a pagar igual por muchos agujeros que lleves en el pecho. Depende de ti.
-
Johnny “El Melenas” sopesó durante unos instantes la situación y alzó los brazos en señal de rendición. Charlie se le acercó y le puso unas esposas en las muñecas. Después empezó a cachearle en busca de armas encontrado una pistola de pequeño calibre en la bota derecha y un cuchillo grande y afilado dentro del pantalón. La sonrisa se había borrado del rostro de Charlie: ahora iba a tener que cargar con aquel tipo vivo hasta Reno para que allí la horca hiciera lo que el podía hacer sin problemas. Tan enfadado estaba que le apagó el resto del cigarro en el cuello de la camisa al Melenas.

- Joder tío, ¿estás loco? Esta camisa vale más dinero del que has visto en tu puta vida.
- No te preocupes Melenas, a la horca no le importa lo bonita que sea tu camisa.

Charlie acompañó esta lapidaria frase con un golpe con la culata del Colt en la calva cabeza del Melenas, que cayó como un fardo, inconsciente, al suelo. Charlie, como los tipos duros, guardó la pistola y cogió el peso del pescuezo de la camisa y lo arrastró fuera de la habitación y escaleras abajo. Mientras, con la otra mano, sacaba y encendía otro cigarro.

Cuando cazador y presa salieron del Saloon, el sheriff del pueblo estaba esperándolos junto con su joven ayudante.

- Detente forastero – dijo, mientras amartillaba su rifle, el sheriff.

Charlie se detuvo y miró desafiantemente al agente de la justicia. Aquel tipo no iba a ser ningún problema, se dijo Charlie fijándose en su enorme barriga que denotaba que no estaba acostumbrado a esas situaciones sino a estar sentado a la mesa comiendo chuletas y bebiendo cerveza.

- Quítate de en medio, esto no tiene nada que ver contigo.
- ¿Cómo que no? Has matado a cuatro personas y estas secuestrando a una quinta. Creo que si es de mi incumbencia.
-
Su voz sonó mucho menos amenazadora de lo que le hubiera gustado al sheriff y, a pesar de tener el arma enfundada, Charlie tenía la situación cogida por el mango. Soltó el peso de “El Melenas” y le pisó la espalda con sus botas de piel de cocodrilo.

- Este es un delincuente buscado en Reno y los de dentro eran sus secuaces. Da gracias a que voy a dejar pasar que tú seas otro de ellos y te voy a dejar vivir.

Se había formado una gran expectación en torno a la escena. El sheriff dudó unos instantes, suficientes para que Charlie sacara su pistola y le disparará en mitad de la frente.

- Bueno, creo que he cambiado de opinión. – y dirigiéndose al ayudante añadió - ¿Tú también eres uno de ellos, chico?
-
El chico, que no tendría más de 16 años y que estaba pálido como la muerte de la impresión, negó como pudo con la cabeza y se hizo a un lado. Charlie enfundó el arma, volvió a coger de la misma manera a “El Melenas” y cruzó la calle en dirección a su caballo con las miradas, mezcla de admiración y terror, de todos los espectadores de la escena, los cuales ya empezaban a abandonar el lugar para volver a sus quehaceres.

Charlie introdujo la cabeza del inconsciente Johnny “El Melenas” en la sucia agua del abrevadero y la mantuvo allí hasta que el delincuente empezó a cabecear. Cuando su cabeza volvió a estar fuera y el consciente, Johnny empezó con una retahíla de insultos hacia su cazador pero apenas pudo explayarse ya que Charlie le golpeó contra el poste donde estaba atado el caballo y volvió a quedar inconsciente. Charlie lo subió al caballo, lo ató como si fuera un saco de patatas, desató al caballo, se subió a el y con un ligero trote y el viento nevado de las mañanas en Oregon azotándole en la cara abandonó aquel pueblucho de mala muerte.


Pd: el título es provisional todavía y los nombres de los personajes también.

Pd2: aunque lo parezca no es una del oeste... por lo menos no del todo.

Ongwie y Wigwie

| 31 mar 2006
Este es una pequeña historia que le ocurrió a alguien de mi familia cuando todavía se creía en duendecillos, hadas y todas esas cosas. Espero que os guste.


- Papá, por favor, duerme un poco. Lo necesitas.
- No, no. ¿Cuántas veces te tengo que decir que no puedo dormirme? Ellos me matarían. ¿No lo comprendes?
- Está bien, papá, pero tómate al menos la sopa. Te sentará bien.

Ana se levantó de la silla que estaba junto a la cabecera de la cama y salió de la habitación dejando a su padre sorbiendo lentamente la sopa. Fuera la esperaba su nuera Marta, la novia de su tercer hijo, Jorge, que había ido a visitarla. Las dos bajaron silenciosamente las escaleras.

Cuando llegaron a la cocina, Marta no lo pudo aguantar más y preguntó:

- ¿Quiénes son ellos?

Ana sonrió con pena antes de contestarle.

- Los duendes.
- ¿Los duendes?
- Si, Ongwie y Wigwie.
- Pero, ¿tienen hasta nombre?

Ana terminó de servir el café y las dos se dirigieron a la salita y se sentaron a la mesa camilla.

- Nombre y una larga historia, hija mía.
- ¿Y desde cuándo los ve? ¿Es algo relacionado con la edad? ¿Delirios de vejez?
- Los ve desde hace cuarenta años, desde la guerra.
- ¿Cuarenta años? Cuéntame esa historia Ana, por favor.

Ana le dio un largo trago al café antes de contestarle.

- Está bien, te la contaré.

Mi padre formaba parte de la milicia del pueblo. Se pasaba los días en el frente, en las trincheras excavadas a las afueras del pueblo. A escasos doscientos metros estaba el frente nacional.

Durante muchos meses no ocurrió nada pero poco a poco los nacionales se fueron haciendo con la guerra y no quedaba duda de que pronto atacarían e intentarían tomar el pueblo.

Por eso el capitán de la pequeña milicia del pueblo decidió que mejor atacaban ellos primero y una noche, por sorpresa, se lanzaron a tumba abierta y a pecho descubierto contra el frente nacional. Mi padre estaba muy asustado pero no le quedó mas remedio que atacar el también ya que si no lo hacía le podrían haber hecho un juicio de guerra y matarlo a garrotazos. Era mejor morir por las balas. Menos doloroso.

Y pronto esas balas llegaron. Los nacionales estaban esperando tranquilamente, alguien les había dado el soplo del ataque. Aquello fue una carnicería. Poco a poco fueron cayendo todos bajo el fuego enemigo. A mi padre primero le dieron en la pierna derecha, después cuando se levantó e intentó seguir hacia delante, en el estomago. Cayó medio muerto.

Entonces fue cuando los vio por primera vez. Estaban encima de su pecho. Eran diminutos, apenas un palmo de altura con gorro y todo. Llevaban unos extraños pantalones bombachos y barbas de colores: uno azul y el otro verde. Los dos fumaban en pipa. Unas pipas casi tan grandes como ellos.

- Bien, Wigwie, que hacemos con este tipo. – dijo el de la barba azul. – Esta bastante mal. Podríamos ayudarle.
- Podríamos, Ongwie. – le contestó el de la barba verde. – Pero, ¿por qué habríamos de hacerlo?
- Sí, tienes razón Wigwie. No le ayudaremos. No tenemos porqué.

Mi padre no daba crédito a lo que veía pero, sacando fuerzas de donde no las había, acertó a decir:

- Por favor, ayudadme. Os lo suplico.
- ¿Tú qué dices Wigwie? ¿Le ayudamos?
- Bueno, Ongwie, tampoco perdemos nada.

Cada uno de los duendes le cogió de un hombro y lo llevaron en volandas hasta el pueblo. Lo dejaron en lo hondo de esta misma calle. Era ya de día.

- Bien, Wigwie, ya hemos llegado a casa.
- Sí, Ongwie, creo que lo dejaremos aquí.
- Sí, este parece un buen lugar, Wigwie.

El de la barba azul, el que se suponía que se llamaba Ongwie, se le subió por el pecho hasta llegar a la cara y con su pipa le golpeó varias veces en la nariz.

- Eh, amigo, esta vez Wigwie y Ongwie te han salvado la vida. Pero no te la hemos salvado gratis. Lo mismo que hoy te la damos otro día volveremos y te la quitaremos. Acuérdate de esto que te dicen Ongwie y Wigvie.

Ongwie se bajó de mi padre y junto con Wigwie, el de la barba verde, se dirigió a la lonja. Wigwie dio unos golpecitos en la zona más honda de la lonja y un pequeño agujero se abrió y los dos duendes entraron. Mi padre se desmayo mientras veía como se cerraba el pequeño agujero.

- ¿Vivían en la lonja? – preguntó Marta muy sorprendida.
- Sí, en la lonja. Durante años todos los niños del barrio han intentado encontrar el “agujero de los duendes”. Por supuesto nadie lo ha hecho. Pero te tengo que decir una cosa: yo vi aquella mañana a mi padre, vi su pierna destrozada y la terrible herida del estomago y no se qué es más increíble, si que lo trajeran volando unos duendes o que consiguiera llegar el solo.

Las dos se quedaron calladas durante un rato. Hacía tiempo que el café se había acabado. Por fin Marta volvió a hablar:

- ¿Y los ha vuelto a ver después?
- Oh, sí. Muchas veces. Cada cierto tiempo se le aparecen y le recuerdan la deuda que tiene con ellos. La última fue hace un mes y desde entonces no ha vuelto a dormirse.
- ¿Por qué? ¿Qué le dijeron esta vez?
- Que cuando se durmiera, saldarían la deuda.

Marta se quedo petrificada, no podía creer lo que oía.

- ¿Y sabes otra cosa? También dice que se han mudado a un cajón de su cómoda para vigilarlo mejor.
- Delira.
- Eso lo tiene aterrado. Pero esta vez se dormirá.
- ¿Y eso? ¿Cómo lo sabes?
- Le he echado un somnífero en la sopa.
Marta la miro con perplejidad.
- Necesita dormir. Esta muy mayor y si no duerme se morirá. Necesita dormir.

Se escucharon unos golpes en la cómoda y de repente el cajón de arriba se abrió. De el salió Ongwie con su barba azul.

- Vamos, Wigwie, el viejo ya se ha dormido.

Wigwie, con su barba verde y la pipa en la boca también salió del cajón. Los dos contemplaron la escena: el viejo estaba roncando pausadamente. Sobre su estomago la bandeja con el plato de sopa a medio terminar se bamboleaba al ritmo de los ronquidos.

- Bien, Ongwie, es hora de que saldemos nuestra deuda.
- Como siempre, tienes razón, Wigwie.

Los dos saltaron de la cómoda al pecho del viejo y desde allí subieron hasta la cara. Ongwie metió su pipa por el orificio izquierdo de la nariz del viejo, Wigwie hizo lo mismo por el orificio derecho. Los dos se sentaron sobre la boca.
- ¿Cuánto crees que tardará, Ongwie?
- No mucho, Wigwie. Ya se está poniendo azul.
- Sí, los viejos tardan poco en morir, teníamos que haberlo matado hace muchos años, Ongwie, hubiera sido mucho más divertido.

Al cabo de unos minutos la bandeja dejó de bambolearse.

El Condenado (Parte 2)

| 24 dic 2005
El acto de la transformación en vampiro se llama El Abrazo y es algo que no se suele hacer muy a menudo. Yo sólo lo he hecho una vez y para Brigitte esa fue la primera y la única vez que lo hizo. Brigitte me mordió con dulzura en el cuello y estuvo chupando mi sangre durante mucho rato. Yo empecé a entrar en un terreno entre la vida y la muerte, en una especie de ensoñación. Cada vez me sentía más débil. Finalmente, Brigitte separó sus labios, lujuriosamente ensangrentados, de mi cuello y sacó un pequeño puñal de su vestido. Se hizo un gran corte en la muñeca izquierda y me dio de beber un largo trago. Hay perdí definitivamente el conocimiento.Cuando me desperté, una furia incontenible me poseía. Aparté de un empujón a Brigitte y como un loco salí de la habitación y del Molino.

Estaba a punto de amanecer. El Sol ya se vislumbraba. No sabía porque pero sabía que tenía que huir de él. No sé cuánto tiempo vagué por los subterráneos de París escapando del Sol. A lo mejor días, o semanas o incluso meses. No lo sé. Sólo sé que al principio la furia era tan intensa que me retorcía de dolor. Pronto identifiqué que la furia era realmente Hambre, pero un hambre distinta: Hambre de sangre. Esos primeros días sacié mi hambre con ratas y otros indeseables animales de los subterráneos, pero pronto me di cuenta de que lo que necesitaba no era sangre de animales. En situaciones extremas como la que yo estaba, podían ser útiles pero, para satisfacerme completamente y ayudarme a desarrollar mi nueva condición en toda su magnitud, necesitaba sangre humana. Mi primera víctima humana fue un miserable vagabundo que malvivía en un mugroso callejón. A este le siguieron más vagabundos, prostitutas y delincuentes. Nadie los echó de menos. Pero llegó un día en que mi caza furtiva me dejó de llenar, me faltaba algo y lo encontré en el bolsillo de mi pantalón: el anillo que aquella noche maldita le iba a regalar a Brigitte para que se convirtiera en mi esposa. Eso era lo que me faltaba, mi Brigitte.

Una noche fría de otoño volví al Moulin Rouge y a su habitación. Nos enfrascamos en nuestros juegos, que debido a mi nueva condición, me resultaron completamente nuevos y fascinantes. Pero cuando terminamos su cara se entristeció y su puso mas pálida de lo normal. Teníamos que huir, me dijo: Francois, el príncipe de la comuna de París, estaba locamente enamorado de Brigitte. En cuanto tuviera ocasión me mataría. Teníamos que huir y rápido. Esa misma noche abandonamos París. Recorrimos toda la vieja Europa: Marsella, Barcelona, Lisboa, Munich, Roma, Florencia. Florencia, qué ciudad tan maravillosa, allí nos detuvimos durante mucho tiempo. A los dos nos encantaba y estábamos pensando en quedarnos allí. Una noche Brigitte no se encontraba muy bien y no me acompañó en mi viaje nocturno en busca de comida y diversión. Sin ella no era lo mismo y volví pronto a casa.

Me resultó extraño encontrarme con alguien en mi camino de vuelta. Con mis acostumbrados ojos de vampiro pude verlo con mediana claridad. Sabía que lo había visto en algún sitio pero no sabía dónde. Cuando llegué a casa y me encontré un montón de cenizas esparcidas por la habitación lo recordé perfectamente. Era uno de los vampiros de la comuna de París. Uno de los secuaces de Francois. Mi delicada Brigitte no había sido rival para aquel brutal vampiro. Le había cortado la cabeza y mi bella compañera se había convertido en negras cenizas. Lloré y lloré hasta que no quedó prácticamente sangre en mi cuerpo. ¿Cómo iba a soportar esta inmortalidad sin mi Brigitte? ¿Cómo?

Te dije que iba a contar la historia de cómo me quedé solo en este mundo y ya lo he hecho. Pero me vas a permitir que también te cuente cómo me vengué. Porque me vengué y esa venganza estará para siempre en los anales vampiricos. Cuando me recuperé de la perdida de Brigitte, me marché a Japón. Quería aprender el manejo de la espada, convertirme en invencible. Allí convertí en mi engendro a uno de los últimos descendientes de los samuráis, que me convirtió en una maquina de matar. Con una afilada katana atada a la espalda volví a Europa, a París. El primer foco de mi venganza fue el vampiro que destruyó a Brigitte. Se llamaba Laurent y era un lobo solitario. Le gustaba ir a cazar por su cuenta y en una de esas cacerías le corté el paso en una estrecha callejuela. Eso fue lo primero que le corté pero no lo último, lo dejé hecho un guiñapo implorante para, finalmente, separarle la cabeza del cuerpo y convertirlo en negras cenizas. El siguiente de la lista era Francois. Encontrarse con el Príncipe en solitario era tarea complicada pero descubrí un parque al que solía ir de vez en cuando. Allí lo esperé, agazapado entre los arbustos, durante muchas noches, hasta que finalmente una noche apareció. Me deleité en los preparativos, pensando cómo lo iba a matar, debía ser lo más lento y doloroso posible. Pero este retraso hizo que apareciera una chica, una vampiro. Así que a eso iba a aquel parque el príncipe Francois, a reunirse con su amante. Algo que yo ya nunca podría volver a hacer. Desaté toda mi rabia. Toda mi ira. Salté como un resorte de los matorrales donde estaba escondido a la misma vez que desenvainaba mi katana. Le hice un buen corte a lo largo del pecho a un sorprendido Francois. Pero aquel tipo no era Príncipe por casualidad y detuvo con facilidad mi segundo ataque y contraatacó con una fuerte patada en el estomago. Me retorcí un momento sobre mí mismo, Francois se relajó y preparó con tranquilidad su golpe definitivo. Pero yo solo estaba fingiendo y con la velocidad de un rayo mi espada se levantó y cercenó su cabeza. Un inmenso torrente de sangre salió de su cuello. Sólo entonces me di cuenta de que la chica estaba huyendo. Lo que hice no fue muy heroico pero no podía permitir que pregonara que había matado al Príncipe y, de cualquier manera, yo soy un vampiro no un héroe. Lancé mi espada con todas mis fuerzas y ésta penetró como un obús en su espalda para asomarse húmeda y enrojecida por mitad de su pecho. Todo había terminado. Mi sed de venganza se había saciado. Recogí mi espada de entre las cenizas de la chica y, con lágrimas sangrientas recorriéndome la cara, salí del parque y de París para no volver nunca más. Y hasta aquí llega mi relato.

Me gustaría contarte más cosas, porque desde aquella noche en aquel parque de París han pasado más de noventa años y he visto muchas cosas. Pero el sol está a punto de salir y hoy no podrá ser. Y quizás nunca lo sea porque hace un rato escuché a un coche aparcar delante del motel y ya no suena U2 en la garita. Alguien ha puesto una emisora de country. Odio el country, pero sé a quién le encanta: a Tyler Burbank, el “Cazador de Brujas”. Lleva años persiguiéndome pero hasta hoy siempre le he derrotado siempre. Quizás hoy gane él. Estoy muy cansado para luchar. Oigo sus pasos. Ahora que lo pienso mejor, quizás luche. Si tengo que morir prefiero hacerlo escuchando buena música. Sí, le derrotaré nuevamente y te seguiré contando mis desventuras de no-vivo, de Condenado.

El Condenado (Parte 1)

| 16 dic 2005
Mi nombre es Vincent. Soy un vampiro. Ni estoy vivo, ni estoy muerto. Simplemente estoy condenado, condenado a robarle la vida a los vivos para saciar mi sed, condenado a una espiral de sangre y absurdo. Y estoy solo. Y esta soledad es lo que peor llevo de mi condena. Aunque no siempre estuve solo y eso puede ser lo que me impulsa a escribir este relato sobre mi no-vida: contar la historia de cómo me quedé solo.Escribo en una simple libreta de anillas, sobre la mesa de una habitación de un cutre motel de carretera. A mi izquierda, la luna llena entra por la desvencijada ventana. Debe ser alrededor de medianoche. A mi espalda, donde debería estar la cama, está mi ataúd. Esta es mi casa desde hace dos semanas.Escucho por la ventana abierta la radio desde la garita del conserje. Suena U2. El "Sunday bloody sunday" concretamente, me encanta. El conserje es mi engendro, mi esclavo. Lo convertí a la segunda noche de estar aquí y ahora me proporciona toda la comida que necesito.Pero esto no es un diario de mis atrocidades presentes sino un relato de mi azarosa vida hasta que me quedé solo y empecé a vagar por el mundo. Desde ese momento nada tiene sentido para mí. Bueno, quizás la música, me encanta la música, amo la música. De hecho, yo invente el rock`n`roll. Pero eso es otra historia. Y será mejor que empiece primero con esta.

Nací en 1875 en Boston, Massachussets. Soy americano. Mejor dicho, fui americano. Ahora, supongo, soy un ciudadano del mundo. Del mundo nocturno, claro.Mi padre era un emigrante irlandés llamado Gerald O´Bannon. Llegó a América en un barco, sin más equipaje que la ropa que llevaba puesta y unas pocas monedas en el bolsillo. Sé que sus principios en la “Tierra De Las Oportunidades” fueron duros, pero era muy buen carpintero, el mejor, y consiguió salir adelante. Mi madre, en cambio, era miembro de una de las más importantes familias de Boston, los Kluivert. Rancios aristócratas de ascendencia holandesa, mis abuelos no vieron nada bien que una chica guapa, culta y con mucho dinero se enamorara de aquel simple carpintero irlandés.Fue todo un escándalo en la época. Pero al final el amor venció y Gerald O´Bannon y Catherine Kluivert se casaron. Bueno, quien dice el amor, dice que mi madre se quedó embarazada de mi hermano Martin y a mis abuelos no les quedó otro remedio que aceptar la relación.Mis padres tuvieron cuatro hijos: dos niños y dos niñas. El mayor se llamó Martin, como ya he dicho, luego vinieron las gemelas Linda y Penelope y, finalmente, nací yo: Vincent O´Bannon.Para cuando yo nací, la pequeña carpintería de mi padre se había convertido en la O´Bannon Furniture Company, la más importante fábrica de muebles del noreste de los Estados Unidos y mis padres se habían comprado una gran casa, casi una mansión, en uno de los barrios más elegantes de Boston. Fue en aquella enorme casa señorial donde yo pasé toda mi infancia. Una infancia feliz, por otra parte. Al ser el menor de una familia acaudalada, fui un niño muy malcriado. Todo lo que pedía por la boca me era concedido y, si no, empezaba a llorar y patalear y no paraba hasta que lo conseguía. Siempre lo conseguía. Era un niño revoltoso y mal estudiante. No es que fuera estúpido, era bastante inteligente, sino que me pasaba las horas de clase maquinando bromas en vez de estudiando.Cuando cumplí los catorce, mis padres se hartaron de mí y me mandaron a un internado a las afueras de Nueva York. Se llamaba Saint Patrick y los cuatro años que pase allí los recuerdo como los peores de mi vida humana. Era un sitio horrendo y los eclesiásticos me trataban como si fuera un perro. Posiblemente esa sea la causa de la aversión que ahora siento hacia todo lo que tenga que ver con la Iglesia. En nombre de Dios fui apaleado, sodomizado y permanentemente vejado.Dentro de los sucios muros de Saint Patrick perdí mi inocencia, mi virginidad y mi fe, y si no perdí la razón fue por culpa de los libros, que a escondidas de mis padres y los sacerdotes, me mandaba mi hermano Martin: Moby Dick, Tom Sawyer, La letra escarlata, El último mohicano, etc. Me maravillaban esos mundos llenos de fantasía, aventura y libertad, sobretodo libertad. Decidí que quería ser escritor, que quería ser como Poe o Twain o Feminore Cooper.Mi padre se opuso rotundamente. Mi hermano estudiaba para ser militar en la academia de West Point y yo era el encargado de heredar el negocio familiar. Para mí no había cosa peor que pasarme la vida dirigiendo aquella horrorosa fabrica. Yo quería viajar, ver mundo e inspirarme para mis libros.Me rebelé. Cuando solo hacia unos meses que había vuelto a mi casa del internado, me marché otra vez. Conseguí un trabajo en un periodicucho de tres al cuarto y alquilé una habitación en la casa de una anciana. Cuando no tenía que cubrir algún suceso como incendios, robos o problemas con el alcantarillado, me dedicaba a escribir. Era bastante malo, pero, aun así, conseguí publicar dos noveluchas de aventuras y algunos cuentos para niños.Me iba bastante bien, resulté ser mejor periodista que escritor y en dos años me convertí en uno de los principales reporteros del Boston Globe. Pero todo se trunco cuando me enteré que mi hermano había muerto. El teniente Martin O`Bannon había muerto heroicamente en Cuba luchando contra los imperialistas españoles, reseñaba mi periódico. Entonces desperté. Entré en depresión. Mi hermano estaba muerto, si, pero había muerto haciendo lo que siempre había querido hacer. Yo en cambio me dedicaba a cubrir absurdos y escabrosos sucesos y de mi sueño de ser escritor, nada de nada. Me eche a la bebida. Era el año 1898.Mi sangre se convirtió en whiskey. Me pasaba todo el día borracho. Me volví agresivo, una bestia. Mi novia, Jessica, me dejó harta de mis gritos, mis amenazas y, sobretodo, mis palizas. Todo era horroroso. Pero algo imprevisto lo cambió todo. Durante esa época escribí una novela, cruda, descarnada, llena de odio. Ya me había olvidado completamente de ella cuando me llegó un telegrama desde París: una asociación literaria de la capital francesa se había quedado fascinada con mi novela (todavía la puedes encontrar en algunas librerías del viejo Paris: "La Mugre" de Vincent O`Bannon), totalmente novedosa según ellos, y me invitaban a dar una conferencia en un conocido café parisino.

París, la ciudad de la luz, allí encontraré mi inspiración para ser un gran escritor, pensé. El día que cumplí veinticinco años cogí un barco rumbo a Europa. Era el año 1900. Y con el nuevo siglo mi vida iba a dar un giro que nunca me hubiera imaginado.Muchos libros y películas han intentado a lo largo de todo el siglo XX captar y transmitir la ebullición que se produjo en el París de cambio de siglo. Pero nadie lo ha conseguido realmente. Si no se estuvo allí, es imposible hacerse una idea de aquel autentico festín de los sentidos, de aquella orgía de olores, de sabores, de luz. Posteriormente he estado en muchos sitios: el Nueva York de los años 20, el Berlín de los 30, la California hippie de los 60; pero ninguno como aquel París, ninguno.Me hospedé en un modesto hostal en una callejuela del barrio latino. La regente era una admirable mujer con la que rápido entable una amistad entrañable. Se llamaba Marie y su vida había sido toda una odisea. Pero a pesar de todas las agonías y penurias que había padecido aun conservaba un sentido del humor excelente. Entre ella, la cálida atmósfera de Paris, tan diferente a la de mi Boston natal, y mis amigos del Café Toulouse, conseguí dejar atrás mis traumas y volví a ser un tipo feliz.Me pasaba buena parte del día en el Café Toulouse. Conversábamos sobre todo: la vida, las mujeres, la pintura, nuestros proyectos y, sobretodo, de literatura. Los recuerdo a todos como si fuera ayer, y ya han pasado más de cien años. Como odio esta inmortalidad. No comprendo cómo algunos de mis congéneres pueden tener más de quinientos años, o incluso mil, y conservar todavía la razón.Pierre era el mayor de todos. Rondaba los sesenta años y con su trasnochada casaca negra, su bigotito gris y su mugriento sombrero de copa parecía el fantasma de un aristocrata de mitad del siglo XIX. Había sido periodista en su juventud y en aquella época escribía una columna semanal en una revista literaria. Fue Pierre el que leyó mi novela y se quedó, no se por qué, fascinado. El telegrama que me llegó me lo envió él. Si no hubiera sido por él, no estaría contando yo esta historia ahora. También estaban Julien y Marc. Julien era un ex-gendarme que había descubierto que prefería leer a Baudelarie que atizar golpes con una porra a indigentes y maleantes. Marc era, mas o menos, de mi edad y era hijo de una familia acaudalada dedicada a la hostelería. Era un autentico romántico en el siglo XX. Y, como los románticos, se suicido por el amor de una mujer. Yo hice prácticamente lo mismo aunque será mejor no adelantar acontecimientos. Veamos primero quién era esa mujer.

Se llamaba Brigitte. Era bailarina principal del Moulin Rouge y la prostituta mas cotizada de todo París. La primera vez que fui al mítico Moulin Rouge fue por casualidad. Me invito Marc para que contemplara a su amada, la mujer que le había robado el corazón y no quería devolvérselo y que era bailarina del cabaret. Acepté encantado. Sentía curiosidad por conocer aquel lugar, que ya en aquella época era famoso en el mundo entero.Soy incapaz de describir aquel lugar con palabras. Era, por así decirlo, todo lo que era París concentrado en un solo local, en unos pocos de cientos de metros cuadrados. Ya llevábamos una botella de champán entre pecho y espalda cuando empezó el número principal de la noche. Entonces la vi por primera vez y me enamore para toda la eternidad.Era muy alta, tan alta como yo, y de una palidez extrema y delicada. Su larguísimo y sedoso pelo era negro azabache, como sus dos ojos. Dos autenticas joyas. Sus carnosos labios eran rojos como la sangre y destacaban morbosamente sobre su pálida piel. En un momento de su erótico danzar por el escenario sus ojos se encontraron con los míos y supe enseguida que ella sentía por mi lo mismo que yo por ella. Amor eterno e incondicional.A partir de esa noche me convertí en un asiduo cliente del Moulin Rouge. Al terminar su actuación, iba a verla a su habitación. Le llevaba flores, bombones, poemas y nos entregábamos a nuestros juegos prohibidos y particulares. Ni siquiera me importaba que, después que yo me marchara, a ella todavía le quedara una larga noche de trabajo. Era feliz. Briggite se había convertido en mi musa y mi imaginación no paraba de funcionar y crear obras literarias, no importaba el género: novelas de aventuras, tragedias, ensayos y, sobretodo, poemas de amor desgarrados dedicados a ella. Me convertí en un escritor admirado por todo París. Era feliz.Debido a esta fecundidad literaria mejoró bastante mi situación económica y empecé a pensar en convertir a Briggite en mi esposa. Lo preparé todo con esmero. Aquella noche falté al Moulin Rouge por primera vez en varios meses. Ya de madrugada, cuando supuse que había terminado de trabajar, me dirigí al molino con un imponente anillo de oro y diamantes en el bolsillo y un ramo de rosas rojas en la mano.No me dirigí a la puerta principal, sino a la trasera, la que llevaba directamente a las habitaciones de las chicas. Abrí la puerta con una llave que me había agenciado y me dispuse a subir en busca de mi Briggite.A mitad de las escaleras escuché un grito de mujer que me dejó petrificado. No venía de arriba, sino de abajo. Volví a la planta baja y busqué por las habitaciones. Nada. De repente, otro grito, todavía más aterrador que el primero. Y esta vez había identificado de dónde venía. Una de las paredes de la cocina estaba hueca. Con un ligero empujón me bastó para moverla y encontrarme con un sucio pasadizo débilmente iluminado con antorchas. Antes de adentrarme en él, un nuevo grito me helo la sangre. Decidí coger un cuchillo. Era un pasadizo largo, estrecho y que descendía continuamente. Cuando llevaba unos doscientos metros recorridos empecé a escuchar unos extraños ruidos. Era como si hubiera gente rezando en susurros, pero haciéndolo en una lengua desconocida para mí. Las piernas me temblaban y casi no podía caminar, pero había alguien en peligro y tenía que ayudarla.Por fin llegué al final del pasadizo y lo que me encontré me dejo sin respiración. Era una cripta, pero una cripta demoníaca. Las paredes estaban pintadas de rojo, había imágenes de seres bestiales y diabólicos y en mitad del altar se encontraba una gigantesca cruz del revés. Pero lo peor era que en la cruz estaba colgada boca abajo una chica completamente desnuda y que la sangre que brotaba de sus muñecas, sus tobillos y su cabeza, era recogida por una especie de sacerdote en un cáliz que repartía entre la multitud que estaba sentada en los bancos.Estos eran los que rezaban en la lengua desconocida, o eso creía yo, porque con el paso del tiempo supe que simplemente eran las oraciones típicas en latín pero al revés, desde el final al principio.La chica parecía muerta, pero como si de un estertor de muerte se tratara profirió uno de esos espeluznantes gritos que había escuchado anteriormente. Mientras gritaba, ella abrió los ojos y me miró. Y yo, Vincent O´Bannon, fue lo último que esa chica vio en su vida, porque cuando su grito se apagó, su vida, por fin, terminó.Eso fue demasiado para mí. La vista se me nubló y caí desplomado al suelo. Pude ver cómo toda la gente, o lo que fueran, que estaba en la cripta volvía la cabeza hacía donde yo estaba. Y la vi a ella, a mi Brigitte.Sí, mi Brigitte, la mujer a la que amaba con locura y que quería que fuera mi mujer, era un vampiro. Si, un vampiro, pero un vampiro que también me amaba. Y por eso no permitió que esos seres de la noche saciaran su sed con mi sangre. Me cogió y me llevo a su habitación.

Cuando desperté la tenía allí, a mi lado, con la cara, con mas color que nunca debido a la sangre bebida, de absoluta tristeza. Mi primera reacción fue pegar un salto y alejarme de ella. Eso hizo que una lágrima recorriera su bello rostro. Una lagrima de sangre.- Comprendo que ya no me ames, Vincent, después de ver lo que soy en realidad.Su voz no sonaba tan sensual como siempre, si no que sonaba rota por la tristeza y la desesperación. Me di cuenta de que la seguía amando y lo seguiría haciendo por siempre.- Claro que te sigo amando Brigitte - le dije mientras me acercaba de nuevo a ella.- ¿De verdad?- Te lo juro.Ella se limpió la sanguinolenta lágrima que le recorría la cara con la palma de la mano y después me cogió las manos entre las suyas.- Entonces tenemos un problema, mi querido Vincent. Has visto nuestra ceremonia y Francois, nuestro Príncipe, te matará.Un incómodo silencio se hizo entre nosotros. - A no ser que...- A no ser que, ¿que?- Te transformes en uno de los nuestros.Separe mis manos de las suyas. La disyuntiva era terrible: o morir o convertirme en uno de esos seres bebedores de sangre.- Somos inmortales, Vincent. Si te transformas en uno de los nuestros, tú también lo serás y podremos estar juntos por toda la eternidad. - Brigitte me cogió de nuevo de las manos y me pregunto - ¿Que decides Vincent? Tenemos poco tiempo antes de que amanezca.La miré a los ojos y decidí que si. ¿Que podía ser mejor que pasar toda la eternidad junto a mi Brigitte?

EL MARISCAL NEGRO

| 12 dic 2005
Su Excelencia el Duque de Bretaña:

Le escribo estas líneas desde el más alto aposento de la más alta torre del castillo de Tiffauges con las últimas luces del día entrando por el hueco de la ventana. Escribo desde aquí porque es el único lugar de esta terrible morada donde se respira un poco de paz en contraposición con la asombrosa maldad que inunda los pisos inferiores. Le puedo asegurar, Su Excelencia, que todas las terribles narraciones que haya escuchado sobre este lugar son solo una ligera parte de los horrores que este humilde servidor ha visto con sus ojos a lo largo del día de hoy. Parece que al entrar en este maldito castillo se deje de lado el mundo terrenal y se descienda al mismísimo Averno. Quizás se trate de una de las siete puertas, que según los teólogos y estudiosos, comunican la Tierra y el Infierno.

Todavía no me puedo creer que todos estos horrores que ahora pasare a relatar a Su Excelencia sean obra de un hombre al que desde niño admiro profundamente. ¿Como es posible que Gilles de Rais, Mariscal de Francia, héroe de la guerra contra los perros ingleses, mano derecha de Juana de Arco en el campo de batalla y miembro de una de las más importantes familias del país se haya convertido en semejante monstruo sediento de sangre? Sabía que la condena y muerte de la niña, a la que quería como a una hija o algo más, le había vuelto loco y que se había retirado de la vida militar y pública pero nunca me habría podido imaginar que había alcanzado tales extremos de perversión y sadismo. Pero será mejor que deje de abrumar a Su Excelencia con mis dilemas morales y pase a relatarle los acontecimientos de este día. Un día que este humilde soldado nunca olvidara.

Cuando la noche empezó a dejar paso a luz diurna abandonamos nuestro improvisado campamento y recorrimos la milla y media que nos separaba de la localidad de Machecoul. La comitiva estaba formada por el magistrado Trentinaugt, el sacerdote Oblignon y los treinta hombres de mi batallón. Quince hombres habrían el paso y otros quince lo cerraban. En medio, el sacerdote, el magistrado y un servidor cabalgamos en silencio.

Cuando llegamos al pueblo todos sus habitantes acudieron a vernos pasar. Unos nos jaleaban, otros nos insultaban y recriminaban que hubiéramos tardado tanto tiempo en aparecer, que llegábamos tarde. Cuando abandonamos el pueblo en dirección del castillo, que se encontraba a media milla, el magistrado Trentinaugt me comento algo de lo que yo ya me había dado cuenta: "No había ningún niño, teniente". Ni un solo niño. A las calles se habían asomado mujeres, hombres, viejos y viejas pero ningún niño, ninguna persona que no hubiera llegado ya a una edad adulta. Si la comitiva había sido pesarosa hasta entonces, a partir de ese momento, fue absolutamente sepulcral. Solo el trote de los caballos y los murmullos de Fray Oblignon rezando rompían el silencio.

Antes de las diez de la mañana nos encontrábamos a las puertas del castillo. Como esperábamos una resistencia armada de entorno a diez hombres, mande a gran parte del batallón adentro en disposición de batalla cuerpo a cuerpo. Pasados unos minutos escasos, uno de los hombres salio para avisarnos de que todos los habitantes del castillo estaban dormidos. Pero no piense Su Excelencia que era un sueño normal, nada de eso, era un sopor impenetrable, un sopor aterrador para todos nosotros.

Mientras contemplábamos atónitos el espectáculo de esas personas (hombres y mujeres, guerreros y sirvientes) tiradas en cualquier sitio, durmiendo un sueño del que les era imposible salir, Fray Oblignon me comento que, después de cometer actos sacrílegos en nombre de Satanás, el Maligno hace fluir por sus siervos un sopor parecido a la muerte del que no les libra hasta pasadas varias horas o incluso días. Gilles de Rais también se encontraba sumido en tan siniestro sueño.

El Mariscal de Francia dormía profundamente sentado en un sillón de la estancia principal del castillo, presidiendo una gran mesa alargada repleta de desperdicios. Me acerque a el y lo intente despertar. Fue en vano, durante varios minutos le golpee repetidamente pero aquel demonio no despertaba de su letargo. Hubiera seguido con los golpes a no ser porque los sonoros vómitos de dos de mis hombres me hicieron volver a la realidad. Fue entonces cuando me fije por primera vez en la siniestra decoración de la estancia.

A ambos lados de la mesa había varias estacas apoyadas en el suelo y en la punta de cada estaca había pinchada una cabeza, una pequeña cabeza de niño. Algunas cabezas denotaban llevar un cierto tiempo en su sitio y les faltaba el pelo, los ojos, la nariz o las orejas y se encontraban rodeadas de moscas, pero una de ellas parecía estar todavía viva. Vi la sangre que goteaba de ella y me di cuenta de que se trataba de la victima de aquella última noche y me hirvió la sangre solo de pensar que, si no hubiera sido por el retraso debido a la crecida del río (que Su Excelencia ya conocerá de la anterior misiva), esa pobre criatura aun seguiría viva. Me volví loco, levante de su asiento a aquel monstruo durmiente, lo arroje al suelo y empecé a darle patadas con todas mis fuerzas en todo su inmundo cuerpo mientras blasfemaba. Hubiera seguido así durante horas de no ser porque el sacerdote y el magistrado me detuvieron a duras penas y me comentaron que los soldados habían encontrado más victimas en los sótanos.

Puede creerme, Su Excelencia, si le digo que el espectáculo que me encontré en las mazmorras de este castillo era todavía mas horrendo y bestial que el que deje en la estancia principal. Otros dos soldados se encontraban vomitando y llorando a las puertas de una enorme bodega, esto hizo que, tanto el magistrado, el sacerdote y un servidor nos temiéramos lo peor. Pero la realidad resulto ser todavía peor que nuestros temores.

En aquella bodega Gilles de Rais y sus secuaces habían montado una sala de tortura digna de las mejores de la Inquisición y sus inquilinos eran cinco muchachos al borde de la muerte. Fray Oblignon no lo pudo aguantar más y le acometieron unas terribles arcadas. Dos de los niños ya no se encontraban en las maquinas infernales sino que yacían moribundos junto a una de las paredes. Los otros tres todavía padecían los crueles tormentos.

No voy a relatarle a Su Excelencia como eran esas maquinas de tortura donde encontramos a los niños porque no deseo hacerle pasar un mal rato a Su Excelencia como el que pasamos todos nosotros. Simplemente le diré que los liberamos de sus garras pero que era demasiado tarde, todos se encontraban agonizantes, sin ninguna esperanza de seguir viviendo. De común acuerdo decidimos acabar con el sufrimiento y agonía de aquellos pequeños seres y como nadie se atrevía a asestar la estocada final tuvo que hacerlo un servidor al ser el oficial de mayor rango. Primero, Fray Oblignon les fue concediendo la Extremaunción uno a uno y después mi espada se encargo de atravesar sus pequeños corazones.
Después de este acto de piedad los soldados cogieron los cuerpos y los sacaron de allí para darles cristiana sepultura y un servidor se quedo solo en la “cámara de los horrores”. Fue entonces cuando di rienda suelta a mis sentimientos y vomite y llore y maldije durante varios minutos. Cuando me hube tranquilizado un poco me adentre un poco más en la bodega y descubrí el último de los instrumentos de tortura, que permanecía oculto en la penumbra: una cama.

Era una cama muy grande y las revueltas sabanas y mantas dejaban ver manchas de sangre y lefa. Ese era el lugar donde Gilles de Rais daba el toque de gracia a sus moribundas victimas y saciaba sus monstruosos e impíos deseos. Horrorizado y todavía con el sabor del vomito en la boca, abandone aquel nefasto lugar.

Desde las mazmorras subí a uno de los patios del castillo. Junte unas cuantas ramas secas y unos tablones y con mi yesca encendí una pira. Cuando hubo crecido un poco arroje mi espada bañada en sangre infantil e inocente a ella y mire como el fuego purificador la consumía.

Estuve un largo rato contemplando la escena hasta que uno de mis hombres me vino a avisar de que los primeros prisioneros estaban despertando de su sopor. Eran los primeros momentos de la sobremesa y unas plomizas nubes cubrían el cielo señalando que el final del verano se acerca inexorablemente. Durantes unos instantes contemple las oscuras nubes para finalmente entrar al castillo a seguir cumpliendo el cometido que Su Excelencia me encomendó.

Gilles de Rais fue el ultimo en despertarse, sobre las cinco de la tarde y no pareció excesivamente sorprendido al verse atado de pies y manos y con su castillo ocupado por las fuerzas de Su Excelencia. Cuando me presente ante el le expuse los cargos por los cuales será juzgado por Su Excelencia: “Gilles de Laval, barón de Rais y Mariscal de Francia por la gracia de Dios y de nuestro Rey, se le acusa de conducta inmoral y lasciva y de innumerables crimines cometidos sobre niños y adolescentes. Por tal razón procedo a arrestarle junto a todo su sequito y a llevarle a Nantes para que sea juzgado por un tribunal. ¿Tiene algo que objetar?” Ante esto, el monstruo, con total frialdad, respondió: “Como bien dice, joven caballero, soy mariscal de Francia por gracia de Dios y de nuestro Rey, así que solo ante ellos rendiré cuenta de mis actos y no ante un simple teniente de brigada”.

Estas fueron sus únicas palabras, desde ese momento ha guardado silencio. Supongo que cuando sea puesto a disposición de la Santa Inquisición y reciba un poco de su propia medicina, se mostrara mucho más receptivo y locuaz y confesara todos sus crímenes. Unos crímenes que según los recuentos del magistrado Trentinaugt ascienden, cuanto menos, a unos cien. Cien niños, o mas, violados, torturados, sodomizados, muertos y despedazados.

Con esto llego al final de mi misiva, Su Excelencia, ya que la noche ha caído sobre este oscuro lugar y nos aprestamos a abandonarlo. El magistrado Trentinaugt se encuentra ahora mismo conmigo en el torreón y me ha mostrado un documento que me ha dejado paralizado. Se trata de las escrituras de este castillo maldito y lo sorprendente, lo pavoroso es que no se encuentra a nombre de Gilles de Rais sino a nombre de un tal Samael que, como alguien tan ilustrado como Su Excelencia sabrá, es uno de los múltiples nombres que adopta el Maligno. Como Su Excelencia comprenderá no tenemos la mas mínima intención de pernoctar en casa del diablo así que he mandado construir un campamento a la vera de un bosque cercano que será donde pasaremos la noche.
Con las primeras luces de mañana me pondré en marcha, con tres cuartos de mi batallón y los prisioneros, con dirección a Nantes donde espero llegar poco después de que usted reciba esta misiva. El resto del batallón se quedara aquí para acompañar al magistrado, que seguirá realizando el inventario de los bienes y el recuento de las victimas; y al sacerdote, que tiene intención de realizar un exorcismo para librar al castillo de toda la maldad que atesora a la par que dar cristiana sepultura a todos los restos encontrados.

Con esto me despido de Su Excelencia y marcho a descansar, si eso es posible en una noche como esta. Mas que descansar lo que haré durante toda la noche será rezar y pedirle perdón a Dios por haber admirado durante tanto tiempo a un ser que ha resultado ser tan monstruoso y diabólico como Gilles de Rais, el Mariscal Negro.

De su humilde servidor,
Guy de Orlac, Teniente de Brigada
A fecha del 13 de Septiembre de 1440.